En las últimas semanas, el paisaje urbano de Oaxaca y la atmósfera en las oficinas gubernamentales han sufrido una transformación que resulta inquietantemente familiar. Lo que en teoría debería ser un ejercicio de democracia participativa —la Revocación de Mandato— ha mutado, ante la vista de todos, en una maquinaria de proselitismo que dista mucho de ser un acto soberano y libre.
La pregunta es inevitable: ¿Estamos ante un proceso de rendición de cuentas o frente a una campaña electoral anticipada y desesperada?
La proliferación desmedida de propaganda política es innegable. Lonas, folletos y espectaculares inundan el espacio público, no con un fin informativo, sino con una clara intención de inducción al voto. Sin embargo, lo más alarmante no es la contaminación visual, sino lo que ocurre tras las puertas de las instituciones. Las redes sociales han evidenciado una presión sistemática hacia autoridades municipales y, más grave aún, hacia los trabajadores del gobierno estatal para asegurar la permanencia del gobernador en su cargo.
Esta movilización forzada no es una muestra de fortaleza popular; al contrario, destila debilidad.
Cuando un gobierno necesita recurrir a la coacción, revela un temor latente a que los resultados genuinos no le favorezcan.Un ejemplo lamentable de estas prácticas ha circulado recientemente en videos que involucran al Instituto de Capacitación Para el Trabajo (ICAPET),entre otros, y en los que se evidencia una coerción sutil pero perversa: se obliga a los trabajadores a organizar reuniones con vecinos para promover la continuidad del gobierno, utilizando el miedo como herramienta de control bajo la premisa de que si el gobierno se va, se van todos. Esta estrategia de terror laboral es inadmisible en cualquier democracia que se precie de serlo.Lo paradójico y trágico de esta situación es que estas acciones emanan de quienes dicen representar un cambio.
Estas tácticas denigran al partido MORENA y corrompen la conciencia de la población. Son, en esencia, prácticas clientelares heredadas de los partidos de origen del viejo régimen, síntomas de una carencia absoluta de claridad ideológica y de un compromiso social real.Al actuar así, no solo traicionan los principios de la "Cuarta Transformación", sino que cometen el error estratégico más delicado: entregan municiones a los adversarios de México, validando las críticas de los enemigos del cambio.
La conclusión es dura, pero necesaria. Precisamente porque estas figuras ponen en riesgo la imagen y la integridad moral del movimiento, no deben continuar al frente. Su permanencia hace más daño que su partida.Por ello, el llamado a la ciudadanía —y específicamente a quienes de manera sincera y consciente son partidarios de la Transformación del país— es a la congruencia. Participar en este proceso no debe ser un acto de obediencia ciega, sino una oportunidad de saneamiento. Debemos participar, sí, pero para sacar del poder a todos aquellos que, con sus viejas prácticas, dañan el proceso de cambio y, por ende, lastiman al pueblo.
Pa'lante siempre